Edición de 2026
El jardín un escenario
de película
El jardín es un espacio de memoria, temporalidad, puesta en escena y emoción. A la vez real y simbólico, propone un escenario en el que la naturaleza es domesticada, ordenada y cultivada, pero nunca totalmente controlada. El cine, arte del tiempo, de la mirada y del relato, encuentra en el jardín un compañero plástico y poético de una intensidad poco común. El tema del próximo Festival Internacional de Jardines de Chaumont-sur-Loire, El jardín un escenario de película, invita a explorar las correspondencias formales, narrativas y simbólicas entre estos dos artes.
Desde los orígenes del cine, el jardín ha sido un lugar de rodaje. Rodar en un “decorado” como este nunca es un gesto neutro. Conlleva una carga afectiva y un potencial dramatúrgico extraordinarios. Desde la secuencia bucólica hasta la escena de terror, desde el lugar de la infancia hasta el territorio fantástico, puede ser refugio o trampa, utopía o rito de iniciación, paraíso o alegoría.
El cine comparte con el arte del jardín la misma atención a las perspectivas, las líneas y las circulaciones. Ambos organizan el espacio para guiar la mirada. El jardín se escenografía para ser recorrido, la sucesión de planos de la película para ser leída. En ambos casos, el movimiento genera una narración implícita. El jardín puede entonces imaginarse como un dispositivo cinematográfico, una escena en movimiento donde la luz, el ritmo y la materia se articulan en el tiempo.
Numerosos cineastas han hecho del jardín mucho más que un decorado. Basta pensar en El jardín de los Finzi-Contini (1970) de Vittorio De Sica, en El jardín secreto de Agnieszka Holland (1993) o en la película de Miyazaki, Mi vecino Totoro (1988).
Otra buena razón para acercar el arte del jardín al cine: la cuestión del tiempo. El jardín crece y se transforma, sometido a las estaciones y a los avatares del clima. El cine, por su parte, juega con un tiempo plural: ¡lo dilata, lo condensa, lo fragmenta, lo remonta! Por tanto, filmar en el jardín es inscribir en la imagen una temporalidad móvil y evolutiva, es captar la lenta evolución del mundo vivo. Derek Jarman, en The Garden (1990), hizo del jardín un motivo central, al igual que Peter Greenaway en El contrato del dibujante (1982).
Más allá de la evocación de todas estas películas, El jardín, un escenario de película invita a pensar en el jardín como un dispositivo narrativo, que articula secuencias (parterres, senderos, macizos, bosquecillos...), construye transiciones (cercas, umbrales, aberturas) y modula intensidades (sombras y luces, vacíos y llenos). El paisajista, al igual que el cineasta, compone una obra secuencial y polifónica, en la que el paseante se convierte en espectador activo. Gilles Clément habla del jardín como de una “escritura en movimiento”, como de un “escenario vivo”. Para Bernard Lassus, el paisaje se despliega como una película o una secuencia de imágenes.

