29 MAR. - 1 NOV. 2026
Temporada de arte de 2026
Surgiendo unas veces de las profundidades y otras de las transparencias, en ocasiones apenas perceptible, el azul atraviesa la Temporada de Arte 2026 como un secreto que las obras se susurran entre sí. Azul del cielo y del cosmos, azul del silencio y de la noche, azul mental más que cromático: el color incita a desacelerar, a mirar de otro modo. En el diálogo que establece con el Dominio, la programación explora sus múltiples matices sensibles. La mirada se desplaza, la materia se transforma, lo invisible aflora. A través de pinturas, esculturas y dibujos, los artistas esbozan un recorrido en el que el azul, pero también el negro, actúan como una invitación a una respiración compartida.
Marc Desgrandchamps marca la pauta. En las Galerías Altas del Castillo, sus pinturas se abren a paisajes atravesados y fragmentados, donde troncos negros se recortan sobre fondos azulados, como suspendidos en el tiempo. El azul instaura una distancia, una atmósfera onírica y que favorece el vagar de la mirada. Se convierte en un horizonte mental, un lugar de tránsito donde lo visible parece siempre a punto de disolverse en favor de otro espacio. No muy lejos de allí, Claudio Parmiggiani propone una relación radicalmente distinta con el color. Sus bibliotecas realizadas con hollín y humo solo muestran huellas: siluetas de libros ausentes, estanterías fantasmales, imágenes de aquello que ya no existe. Estas obras proponen una reflexión sobre el conocimiento, el olvido y todo lo que, inexorablemente, se nos escapa
También en las proximidades, las esculturas arácnidas del artista Antonio Crespo Foix, realizadas con fibras e hilos, entablan un diálogo con el precioso mobiliario del Pequeño Salón.
La Torre de Diana, por su parte, se convierte en un lugar de recogimiento. Pascal Convert instala en ella una obra misteriosa que retiene tanto el sonido como la memoria, en resonancia con los vínculos profundos que tiene el artista con las figuras de la historia del lugar. Objetos de llamada hoy mudos, estas campanas nos hablan de la muerte, de la historia y de la fragilidad humana. Si aquí hay azul, está en el corazón. Es el azul de la noche y del duelo.
En la Galería del Puercoespín, los dibujos, carboncillos y esculturas de Eugène Dodeigne evocan una búsqueda obstinada de la forma y el movimiento, tanto de la figura humana como del mundo vegetal, siempre expresada con fuerza y vulnerabilidad. Recibiendo al público en el Patio de la Granja, una escultura monumental del mismo artista -un pájaro gigante de piedra- impone una presencia grave y arcaica.
En la Galería Baja del Henil y en una de las Galerías del Patio Agnès Varda, entre el grabado y la pintura, Astrid de la Forest despliega un universo de superposiciones, transparencias y ritmos. A través de sus árboles o sus bandadas de pájaros, el azul circula como un soplo, enlazando la tierra con el cielo, lo vegetal con el aire. Sus obras nos conducen a una contemplación poética, impulsada por una fascinante sucesión de tiempos suspendidos.
En el espacio contiguo, Evi Keller propone una experiencia aún más inmersiva. Sus superficies azules, densas y vibrantes, dan testimonio de las transformaciones del cosmos. El azul conmovedor e insondable se convierte en materia, medio, campo de fuerzas. La mirada se hunde en él, se ralentiza, hipnotizada por tanta belleza.
Al otro lado del Patio de la Granja, en el Establo de Asnos, Anaïs Lelièvre también se interesa por la materia y sus cambios de estado. Sus dibujos y cerámicas, de una precisión extrema, evocan fluctuaciones y metamorfosis. Espirales, estratos y oquedades negras inventan paisajes, tanto minerales como orgánicos, invitándonos a un viaje entre la ciencia y la poesía.
Por su parte, el Granero de las Abejas acoge las esculturas de Janine Thüngen-Reichenbach. Formas vegetales, fibrosas, estratificadas, se presentan como capullos, semillas, cuerpos en devenir, siempre vinculados a los árboles y a sus cortezas.
No muy lejos de allí, Ghyslain Bertholon introduce un relato fantástico en el Parque histórico y sorprende nuestra mirada. ¿Cuál es esta historia de un árbol talado por un hacha, del que renacen hojas de oro? La obra, intrigante y negra, activa el paisaje y atrae la atención renovada del visitante hacia las fuerzas que atraviesan la naturaleza.
La Galería de las Caballerizas acoge, por su parte, esculturas de Bernard Pagès. Madera, metal, ligaduras: sus obras se sostienen en una verticalidad frágil y sin énfasis, como si cada una tuviera que negociar su equilibrio con la materia y la gravedad. Estas presencias sobrias y poderosas anclan la Temporada de Arte en una relación directa con el suelo, el gesto y la paciente construcción de las formas. A pocos pasos, el Tejadillo de las Caballerizas acoge en 2026 una lechuza de Lionel Sabatté, que vela en silencio sobre el patio, en eco con el pájaro gigante de Eugène Dodeigne.
Concebida como una travesía, la Temporada de Arte 2026 pretende ser, una vez más, una experiencia sensible, semejante a una composición en azul y negro. El azul, unas veces visible y otras interior, acompaña al visitante en un deambular en el que cada obra abre un espacio de percepción renovada, entre silencio y energía, entre memoria y transformación: una invitación a habitar el lugar de otro modo, a tomarse el tiempo para mirar, escuchar, sentir y elevarse.
Chantal Colleu-Dumond
Comisario de exposiciones

